
sábado, 24 de octubre de 2009
lunes, 19 de octubre de 2009
martes, 13 de octubre de 2009
lunes, 12 de octubre de 2009
La noche boca arriba - Cortázar

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
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A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
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Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz.
Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él.
Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte.
Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
miércoles, 7 de octubre de 2009
MAMI
La vaca extraña a la Mamá
Y no es que se eche de menos por que la casa está sucia o por que no hay comida
Es mucho más que eso
Sin la Mamá, el Max, tapao en amargura, se acuesta a las 8 de la noche
Es como si ya no tuviera de quien esconderse
Y Vaca?
La mamá es la única persona con la cual motiva discutir
Siempre gana
Y no poder pelear con ella es una motivación menos para el día
Gringos weones
La Vaca no está ni ahí con Avatar
Dejando a un lado la pirotecnia y el horroroso gasto de Avatar, la película de James Cameron, aparecen algunos dramas y sorprendentemente varias comedias, además del musical Nine, de Rob Marshall, el mismo de Chicago, con Daniel Day-Lewis y Penelope Cruz.
La vaca ya elegió sus favoritas
A Serious Man, lo nuevo de los hermanos Coen
The Men Who Stare At Goats, la secreta búsqueda del súper soldado americano con poderes psíquicos. Con George Clooney, Ewan McGregor y Jeff Bridges.
Adpatación de la novela donde la protagonista, violada y asesinada, narra los hechos desde el paraíso. Dirigida por Peter Jackson.
lunes, 5 de octubre de 2009
domingo, 4 de octubre de 2009
sábado, 3 de octubre de 2009
Dónde está el Max?
viernes, 2 de octubre de 2009
Facebookeros irritantes!

-El cuenta-cada-detalle-de-su-vida: Aquel que publica desde el ''despertando'', pasando por el ''almorzando'', ''reunión con ...'' hasta el ''me acuesto, buenas noches''. No es necesaria tanta diversión con tan hilarantes publicaciones! Porfavor abra una cuenta en twitter.
-El autopromotor: ''www.zerovarius.net - www.revistalapagina.com // Soy el ejemplo viviente del triunfo de la esperanza sobre la experiencia // Si Tocalli no se va, nos vamos a segunda :@ // Consciencia es existencia!''. Ok, está bien tratar de hacerse un espacio en la red, pero que nos bombardeen con que TODOS tus post, publicaciones o similares sean un link con algo tuyo que debemos ver es irritante!
-El amigable: Es posible tener más de 500 amigos? La vaca siempre ha tratado de responder eso. ¡¿Cómo lo hacen?! Cuando sube una persona a la micro, le meten conversa? Si alguien te pregunta la hora en la calle, le cuentas tus problemas? Por favor, no por ver a una persona una vez te vuelves su amigo!
-El gritón: ¿Han visto a aquellos necesitados que postean ''GANÓ CHILE'', cuando todo el mundo, hasta quienes odian el futbol, se enteraron hasta por osmosis del tremendo notición? Sí, ellos necesitan gritar y al parecer caradelibro lo permite.
-El académico: ''Ni ay con el asar''. Ya, si hay una weá que empelota a la vaca es que los monos sigan confundiendo el ''hay'' con el ''ahí'' y el ''ay''. Todos tenemos faltas de ortografía, más aún en el veloz mundo digital, pero que tu vida entera sea un mar infinito de errores ortográficos? Inaceptable.
-El 'creepy': Es aquella persona que conoces poco, ha visto todas tus fotos dejando comentarios en ellas y, cuando comenta, hace referencias a eventos pasados que ¡nunca le contaste!. Como para asustarse no?
-El poeta: ''Si no es ahora, cúando?...'', ''conciencia es existencia'' o el cliché de moda. La raja creerse poeta, pero que tus publicaciones sean frases hechas que no dicen nada y que solo muestran la necesidad de hacerse el interesante es patético!
-El sniper: Aquel que, apenas abres la página, te mete conversa por el chat de FB y no te suelta hasta que inventas algo para librarte de él.
-El aplicación: Es por lejos el más exasperante de todos. Que abre las galletas de la fortuna, que hace millones de puntos en el juego de moda, que te invita a guerra de pandillas, que le pide un consejo a x, y, z. POR FAVOR encuentren algo mejor que hacer!
-El Facebook-me-consumió-la-vida: Para finalizar, el enfermo terminal de esta red social, que asumiendo resignadamente su condición, está TODO el día en facebook y sufre cuando no puede ingresar a la página. Llega a generar simpatía e incluso, ternura.
Si se les ocurre otro, comenten!